VALLE HERMOS - 2011 - MENDOZA
📅 30/03/2011
⚙ DIFICULTAD: MEDIA
👥 11 PILOTOS
👁 Visitas: 65
👥 Nómina de pilotos
1-Fernando Sosa
2-Luis Cicerchia
3-Fernando Rossi
4-Enrique Ponte
5-Gianni Castelli
6-Antonio Ferreri
7-Mariano Marcos
8-Catriel
9-Cristian
10-Quito
11-Sebastian Deslumbila
📝 Relato de la travesía
ATV SAN NICOLÁS EXTREMO I
Pisar y vivir ese profundo paisaje que parece inalcanzable
Entre el 30 de marzo y el 3 de abril de este año, el grupo ATV San Nicolás Extremo recorrió en cuatriciclos y una moto el Valle Hermoso de Mendoza. Una manera de “meterse” para vivir, pisar y sentir un profundo paisaje que normalmente se presenta como lejano e inalcanzable para el turismo tradicional. Una aventura con diferentes desafíos, peligros y la emoción de saberse por algunas horas “parte” de una geografía que a lo largo de toda su historia ha sabido de muy pocos hombres.
En la continuidad de las aventuras que periódicamente desarrolla el grupo ATV SAN NICOLÁS Extremo, compartimos hoy la crónica del viaje desarrollado entre el 30 de marzo y 3 de abril en Valle Hermoso, Mendoza.
Crónica de viaje, Valle Hermoso – Mendoza 2011
Aún de noche, a las 04.00 de la mañana de ese miércoles 30 de marzo, nuevamente, el equipo se convocó con un singular objetivo, esta vez, unir los valles Hermoso y Noble, atravesando el caudaloso río Grande de la provincia de Mendoza.
Como en la anterior expedición a la provincia de Salta del año pasado, la opción de traslado de pilotos y equipos se haría en un motorhome, ya que nos da la posibilidad de viajar todos juntos en forma rápida, cómoda y bajar los costos que este tipo de travesías implica. Por todo esto apareció en escena el Cachape, un bus adaptado por el equipo para este tipo de traslados, que entre su amplia bodega y el tráiler puede llevar 7 cuatriciclos y 3 motos, dejando comodidad suficiente para todos los pilotos en su interior.
Minutos después de las 05.00 y al grito de “¡arrrrrriiiiiibaaaaa los que van a Devoto!”, haciendo alusión a un tío que manejaba el micro del famoso penal, Gianny, nuestro piloto oficial, cerró la puerta y puso en movimiento la nave.
Teníamos por delante 1150 kilómetros por la ruta 188. El desayuno no se hizo esperar y un café con leche con medialunas calentitas reunió al grupo alrededor de la mesa. Entre charlas varias le pregunté al piloto cómo sentía el motor del bus, a lo que inmediatamente respondió con la ya célebre frase: “Con este alambique, doy la vuelta al mundo”, haciendo muestra de un gran acto de fe, que poco a poco iba contagiando al resto de la tripulación, que en algún momento dudaron de la nobleza del viejo Cachape.
Primeras dificultades
Un soleado mediodía nos invitó a preparar el almuerzo, permitiendo que Antonio se luciera como siempre, demostrando que la organización del catering a bordo era bastante mejor que la de un baile de embajada: sándwich de miga, empanadas, milanesita picada, salamito y queso con ensalada de frutas de postre y algún vinito, ¿por qué no?
Provocó que al terminar el almuerzo algunos se retiraran al camarote para hacer una reparadora siesta, mientras que el resto se divirtió ganándole al truco a Guillermo. Todo estaba tranquilo, los kilómetros pasaban... pero, y en este tipo de viajes siempre hay uno, el problema se presentó al llegar a la ciudad mendocina de Alvear.
La única estación de servicio que todavía tenía combustible presentaba una cola de cien metros. Luego de un rato, nos tocó el ansiado turno, pero claro, teníamos que llenar los tanques de gas oil del bus, todos los cuatris, más 30 litros en bidones por piloto, y la cola ahora era de más de 200 metros. Y no faltó quien comentó que debíamos hacer una nueva cola por cada bidón, a lo que la respuesta de un integrante del grupo no se hizo esperar y, por respeto a los lectores de “El Mirador”, no transcribiré.
En un instante pensé que la hecatombe era inminente. Minutos más tarde y con los ánimos un poquito más calmos, ya pudimos continuar con el viaje y nuestras cabezas en su lugar. Ya con el poniente, la cordillera de los Andes se dibujaba en el horizonte; nuestro destino estaba cerca, casi al alcance de la mano.
A la hora de la cena, ya en nuestro destino base, en la localidad de Los Molles, nos reunimos con el equipo de Córdoba, quienes se sumaron junto a los de Rosario a esta aventura extrema, propuesta por el Mono y Kuquin de ATV SAN NICOLÁS Extremo. Luego de una muy cordial cena de camaradería que nos prepararon en el restaurante del hotel, nos retiramos a descansar.
Por la mañana del jueves, como estaba previsto, después del desayuno, 16 pilotos de 3 provincias de nuestro país, más 2 guías; Cristian y Quito de Mendoza, sumaban 18 almas preparadas para comenzar el gran desafío: la competencia contra nuestros propios límites.
Sabíamos que no iba a ser fácil, pero también sabíamos que no era imposible y, sin más demoras, nos pusimos en marcha con destino al complicado Paso de las Damas, bordeando el río Matancillas.
No había viento y la mañana nos acompañaba con un sol radiante que, cuando se escondía en algún momento tras alguna nube rebelde, nos hacía sentir el fresco aire matinal de la cordillera.
La caravana se iba adentrando en el corazón de la cadena montañosa. En ese trayecto sólo encontramos un arriero sacando los últimos animales de su manada, puesto que las primeras nevadas estaban por caer, y cuando esto ocurre, ya es tarde porque los animales mueren en la montaña.
Eso nos contaba Don Jaime, arriero y baqueano de la zona. La veranada, como ellos la llaman, termina los últimos días de marzo, y es cuando tienen que emigrar con su ganado a terrenos más bajos para pasar los crudos inviernos de la zona, cuando toda la geografía queda sumergida bajo la nieve más de tres metros, en muchos lugares.
El imponente paisaje, el perfil de las cumbres nevadas y el cristalino arroyo que acompañaba nuestro camino nos acercaban cada vez más a nuestro primer objetivo: el abandonado paso a Chile.
Mientras tanto, Pipo, como fotógrafo con una cámara montada sobre su casco, documentaba todo lo que ocurría.
Más adelante, llegando a un pequeño valle que toma el nombre del río, la camioneta japonesa 4x4 que iba de apoyo ya no pudo seguir avanzando.
Continuamos solos.
Después del mediodía, el antiguo mojón de hierro que marca el límite político con el país hermano estaba frente a nosotros. El desolado Paso de las Damas nos ubicaba en el centro de la cordillera. Nadie andaba por esas altitudes; el último puesto con civilización era el Valle de Las Leñas, 60 kilómetros al este y 1100 metros más abajo.
Ante semejante derroche de imponentes paisajes, el equipo apagó los motores y descendió de los vehículos. Nos quitamos los cascos. Sólo un cóndor, movido por la curiosidad, levantó vuelo para observar a los visitantes, que imagino muy pocas veces deben andar por ahí.
Un rato más tarde, luego de observar en silencio, y también movidos por la curiosidad, armamos un pequeño grupo para ir un poco más adelante. Queríamos saber hasta dónde se podía avanzar, aunque ya veíamos que el límite que la naturaleza nos ponía no estaba tan lejos del otro, el que defendieran nuestro libertador Gral. San Martín con su compañero de la fuerza emancipadora, Bernardo O’Higgins.
Con mucha precaución avanzamos sobre terrenos muy inclinados, de muy difícil acceso, lo que provocó el tumbo de mi cuatriciclo, y entendí que la montaña había dicho basta. Podíamos traspasar los límites puestos por el hombre, pero estaba claro que Dios y la naturaleza tenían la última palabra.
Luego de reunirnos con el grupo y que Enrique, el médico del equipo, viera que lo mío, por suerte, no era nada más que ligeros raspones, descendimos hasta encontrarnos con la camioneta de apoyo, donde teníamos combustible y comida.
Ya en el atardecer continuamos nuestro camino hacia Valle Hermoso. A esta hora, y con las sombras alargándose por el poniente, los paisajes se veían con otra perspectiva. La bajada hacia el valle es realmente una postal, con el río Grande como columna vertebral.
A un lado armamos nuestro campamento en un reparo, a la orilla del imponente lago escondido, donde se encuentra un puesto de Las Leñas que a esta altura del año ya está cerrado. Afortunadamente todavía se encontraban Guido y José, dos jóvenes cuidadores que en un par de días también abandonarían la zona, hasta el verano que viene, pero que no dudaron en poner todo a nuestra disposición y compartir dos chivitos que nuestros guías Cristian y Quito tiraron sobre la parrilla inmediatamente.
Después de una noche clara y particularmente estrellada, donde la temperatura descendió durante la madrugada a dos grados bajo cero, la mañana del viernes se perfiló con muy buenas condiciones para el cruce del río.
Sabíamos que el Grande no nos iba a dar ventajas, pero estábamos en la fecha ideal. En esta época no hay deshielos que aumenten el caudal de los ríos, el clima estaba de nuestro lado y, lo más importante, la mente del grupo, en la otra costa.
Por lo tanto, luego del desayuno, nos pusimos en marcha buscando el mejor lugar para el peligroso cruce, que según nuestro GPS estaría 15 kilómetros río abajo.
Antes del mediodía nos ubicamos al fondo del valle, justo en el lugar que teníamos indicado por nuestros instrumentos como el más propicio para el cruce. Por lo tanto, nuestro valiente amigo Pablo, de Córdoba, usando la doble tracción de su Polaris, no dudó en ser el primero en arrojarse a las caudalosas aguas para comenzar la batalla, a la que el resto del equipo, de a uno, se fue sumando.
Finalmente todos estábamos del otro lado. Una gran parte del desafío ya estaba cumplido. Pero hacia adelante el camino no figuraba en ningún lado; habría que ir improvisando sobre la marcha, con el arte de conectarnos con el Valle Noble, detrás de las montañas que forman la pared suroeste del cajón del Valle Hermoso.
Haciendo camino al andar
Algunos derrumbes, muchos vadeos, cornisas, pero sin complicar en extremo la marcha del equipo, permitieron llegar pasado el mediodía a un pequeño lago de montaña, donde paramos a descansar y comer algo.
Luego de reponer un poco de energía continuamos la marcha, ya que nuestro objetivo no estaba muy lejos de ese lugar. Luego de pasar por algunas vegas que entretenían a los pilotos más descuidados, una larga trepada por un complicado faldeo nos puso cara a cara con el gran Valle Noble.
Un escalofrío corrió por mi cuerpo; lo que parecía imposible, se había conquistado. La satisfacción colectiva junto a semejante paisaje era el justo pago a tamaño sacrificio de hombres y máquinas.
No era mucho el tiempo que teníamos si consideramos que había que volver. Aunque los descensos siempre son más rápidos, hay que tener en cuenta que los contratiempos en esas altitudes siempre pueden ser un problema.
Por lo tanto nos pusimos en marcha. Sin ningún tipo de inconveniente en el regreso, el equipo fue sorteando todas las complicaciones naturales de esos terrenos y, a la tardecita, nuevamente estábamos frente al río Grande, donde Mariano, el experimentado piloto de Rosario, decidió para el cruce, esta vez, probar el plan “B” y utilizar una vieja tirolesa que había construido la Gendarmería décadas atrás, cuando en la zona todavía funcionaba una antigua mina.
Por la noche, en el campamento, y con la satisfacción del objetivo cumplido, la picadita se continuó con la cena y, condimentada con algunas botellitas de fernet que según Sebastián y Catriel ayudan, y mucho, para el relax del estresado equipo, que se vio casi obligado a beber de la medicina.
Los temas de conversación fueron muy variados, y las conclusiones enriquecedoras, sobre todo la de llevar en un futuro a un tímido y solitario arriero como guía, en un cuatriciclo, como así también la de ponerle brújula a los pilotos, para que después de la cena y tanto relax puedan encontrar el rumbo de las carpas, en la oscuridad de la noche.
El sábado temprano, partimos remontando uno de los ríos que junto al Tordillo forman el Grande, el río Cobre, que por algunos datos no muy precisos nos llevaría a unas termas que utilizaríamos para recomponer nuestros castigados cuerpos.
Efectivamente, al mediodía estábamos en el lugar, donde aprovechamos para comer y descansar antes de comenzar el regreso.
La salida del cordón montañoso fue sin novedades. Habíamos cumplido el objetivo y todos los pilotos tranquilos. Sería imposible adivinar qué pasa por la cabeza de cada uno en un momento como este, pero por la mía, en el fondo, sentí la compañía de un piloto que, sin dudas, estuvo cuidándonos todo el tiempo, desde otro lado, no tan lejos.
Luego de cargar todos los equipos en el bus, a las 19.00 del sábado, nuevamente nos pusimos en movimiento. Un poco de lluvia durante el viaje nos liberó de todos los controles camineros que nos pararon de ida y, a las 10.00 del domingo, luego de despertar a los amigos que creían que todavía estaban en Mendoza, arribamos a nuestra querida San Nicolás, que a esa altura ya se hacía extrañar.
📸 Fotos